Esta es la
mágica historia de un león enorme enorme enorme, que quería ser pequeño pequeño
pequeño.
El león era
salvaje y corría por el campo, por la selva, por la estepa.
Subía montañas.
Bajaba montañas.
Corría y corría noche y día, desde el amanecer, hasta el anochecer.
Tenía mucho mucho estrés.
Hasta que un día,
se cansó de tanto correr; de ser valiente, de defender y proteger a todos los
animales, de que al pasar todos le miraran y le respetaran...
Muy cansado llegó a una
fuente preciosa y blanca, una fuente enorme que estaba debajo de un árbol
gigante.
El León bebió de la fuente y vio reflejada en el agua, a una personita
diminuta. La personita le miraba profundamente a los ojos y le dijo muy muy despacio:
-No es necesario que corras tanto.
-¿Ah no?-respondió
el león- y eso... ¿cómo es posible?
-Puedo hacer
que seas pequeño y veas el mundo con otros ojos- dijo la personita diminuta levantando su ceja derecha.
¡EL león
saltó de emoción con sus cuatro patas! Dijo que sí con su enorme cabeza y la
personita pequeñita empezó a frotarle el pecho, como cuando tienes tos.
El
león, mágica y sorprendentemente, comenzó a hacerse más pequeño y más pequeño y
más pequeño. La personita pequeñita tenía que frotarle el pecho con sus dedos
meñiques porque el león cada vez era más y más pequeño, hasta que casi no se le
podía ver. Era más pequeño que una hormiga, ¡más diminuto que un mosquito! !más pequeño que una pulga bebé!
El león fue
feliz desde ese día; él sabía que los deseos siempre se cumplen si los pides
desde el corazón, por eso no le sorprendió encontrarse a la personita pequeña,
ni ser ahora, más diminuto que ella.
Él quería
ser pequeño para vivir sin que nadie le mirara.
Desde ese día siempre sonreía.
Desde ese día veía los detalles más y más pequeños de la vida: ayudaba a las hormigas a
almacenar comida para el invierno. Se fijaba en las preciosas huellas que
dejaban los animales en la tierra, ¡parecían pintadas por ellos!.
Desde ese día
escuchaba atento las hojas de los árboles y las acompañaba con la mirada cuando se caían lentamente danzando hasta al suelo.
Desde ese día ya no necesitaba
correr y correr, sólo miraba y sonreía la vida, con alegría.
Y colorín colorado, tú también puedes ser pequeño si
te frotas con amor en el pecho.
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